Extracto para este medio de Conversaciones con la Diáspora: Por Karim López, de Diaspora & Development Foundation, EE.UU (1 de 2)
Providence, Rhode Island.- En tiempos donde la migración suele narrarse desde las estadísticas, las crisis fronterizas o las promesas económicas, pocas veces se detiene la mirada sobre lo que ocurre cuando el desarraigo atraviesa el cuerpo creativo de un artista.
La historia de Lia Lockhart se mueve precisamente en ese territorio: el de una generación de creadores de la diáspora que ha tenido que aprender a reconstruirse entre pausas burocráticas, inviernos emocionales y nuevas formas de pertenencia.
Dentro de la gramática del desarraigo, el tiempo casi nunca se mide en meses, sino en la densidad de la espera. Para la actriz y cineasta Lia Lockhart, el tránsito entre la relativa quietud de las montañas de Santiago de los Caballeros, República Dominicana, y los escenarios de la Costa Este de los Estados Unidos quedó marcado en un compás de espera impuesto por una mezcla de burocracia y crisis global.
Su cita en la embajada norteamericana en Santo Domingo con miras a una entrevista de residencia estaba fijada para el 20 de marzo del 2020. Pero ese mismo día, el mundo bajó el telón debido a la pandemia: las fronteras reforzaron sus muros invisibles y las salas de teatro enmudecieron. La vida quedó congelada entre una posibilidad y otra.
Dicha espera se prolongó por casi dos años, período de suspensión en el que Lia tomó una decisión drástica: dejar de ‘audicionar’ en su propio país por el temor constante a quedar mal con alguna producción cinematográfica si la cita llegara de repente. Su migración, antes de ser un desplazamiento físico, comenzó como una renuncia actoral en el territorio de origen. Cuando el esperado visado K1 finalmente llegó en diciembre del 2021, pleno invierno, la partida fue un acto mayormente silencioso. “No lo pensé demasiado”, recuerda, “no me despedí de muchos tampoco porque tenía tanto esperando que simplemente me fui”.
Al llegar a los Estados Unidos, la promesa de una rápida inserción legal se disolvió en la característica lentitud institucional: su permiso de trabajo y residencia tardaron un año y tres meses en materializarse, creando un vacío legal y creativo que representó un invierno inclemente para su carrera.
«Esos fueron los meses más duros”, dice. Para una actriz, una persona acostumbrada a existir a través de la acción, la voz, el cuerpo y la interpretación, aquella inmovilidad tuvo algo de borradura existencial.
La experiencia de la diáspora inició así para Lockhart: no con el destello de luces en un escenario, sino con la quietud de un apartamento norteamericano, viendo caer nieve por la ventana mientras esperaba documentos que no parecían llegar nunca, a la vez que se desdibujaban los marcos de referencia que la habían definido desde los doce años, cuando pisó las tablas por primera vez.
Esa niña, superando apenas su primera década de vida siempre supo exactamente lo que quería hacer con su vida. La ciudad de Santiago de los Caballeros aparece ahora constantemente en su memoria no como una gran urbe tumultuosa sino como una especie de refugio emocional
rodeado de montañas. “Siento que me crie en una burbuja”, señala a la vez que narra cómo comenzó a actuar desde muy temprano, desarrollando una relación íntima con el teatro y la interpretación. No había todavía estrategias de mercado, algoritmos de contenido ni ansiedad por plataformas globales.
Había, sí, una certeza visceral: actuar sería parte de su existencia para siempre. “Yo soñaba con ser una actriz dominicana exitosa en todo el mundo”, rememora, “no sabía cómo iba a pasar, pero sabía que iba a trabajar para ello”. Por tal razón, el período de inactividad al llegar a Estados Unidos le resultó mucho más pesado.
“Perdí mi identidad”, y esto no lo afirma desde el dramatismo performático con el que tantas veces se romantiza la migración latina en campañas publicitarias o redes sociales. Lo dice con la precisión sobria de quien tuvo que reconstruirse desde una pausa obligatoria. Porque emigrar, especialmente dentro de los circuitos artísticos, rara vez consiste únicamente en cambiar de país; también implica quedarse temporalmente sin espejo. Hay artistas que emigran buscando una industria.
Otros, sin darse cuenta al principio, terminan encontrando una voz. Existe una correspondencia profunda entre el arte dramático y la experiencia migratoria. El actor se despoja de sí mismo para habitar una psicología extraña; el migrante, por su parte, es obligado por el entorno a desmontar su herencia cultural.
En esta reescritura de la identidad, la diáspora funciona como una suerte de dramaturgia del despojo, donde el libreto original del individuo entra en conflicto con un nuevo escenario.
Lia, formada en la solidez del teatro profesional y con experiencias en grupos como Trinity Repertory Company, entendió que el confinamiento administrativo era también un espacio de exploración estética.
Impedida de trabajar formalmente, volvió a actuar donde sí podía hacerlo: en internet. Retomó contenidos para redes sociales, no tanto como estrategia de visibilidad sino como mecanismo de supervivencia artística. “No por sueldo”, aclara, “sino por entrenamiento”.
De esa necesidad nació una nueva etapa de Líos de Lía, proyecto que Lockhart había iniciado en Santiago en el 2016 a través de YouTube con videos de larga duración, y que durante su periodo de inmovilidad laboral adaptó a los formatos breves de plataformas como Instagram y TikTok.
Allí mezcla humor, drama y observación cotidiana en piezas que funcionan casi como una extensión natural de su sensibilidad actoral: personajes emocionalmente reconocibles, situaciones domésticas atravesadas por pequeñas tensiones humanas y una dominicanidad que no necesita anunciarse constantemente para sentirse presente. «Me pregunté qué puedo hacer aquí y ahora con lo que tengo… Migrar me recordó lo resiliente que puedo ser».
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