Extracto de Conversaciones con la Diáspora: Lia Lockhart por Karim López, para Diaspora & Development Foundation, EE.UU (2-2)
Providence, Rhode Island.-Actriz formada en el teatro dominicano y hoy radicada en Providence, Lockhart pertenece a una camada emergente de artistas latinoamericanos que entienden la migración no solo como desplazamiento geográfico, sino también como transformación estética.
Su recorrido —desde las montañas de Santiago de los Caballeros hasta los escenarios y plataformas audiovisuales de Estados Unidos— revela cómo la experiencia migratoria puede alterar profundamente la identidad, pero también expandir la capacidad narrativa de quien crea.
El teatro le había enseñado la importancia del «aquí y ahora», la necesidad absoluta de vivir cada momento como único e irrepetible. Dicha resiliencia transformó su técnica interpretativa. Al aplicar esa máxima a la incertidumbre de la diáspora, la espera dejó de ser un tiempo muerto para convertirse en acumulación dramática. «Todas las emociones nuevas que experimenté me permiten mostrar mucho más ante una cámara».
La actuación de la diáspora no nace de la imitación, sino de la cicatriz. La mudanza supuso un violento choque cultural que trizó la burbuja de su infancia en Santiago. El contacto con realidades más crudas y oscuras provocó la pérdida de una parte de su inocencia, pero le otorgó a cambio una madurez interpretativa que se refleja en su primer papel protagónico cinematográfico. «He aprendido a vivir con mi luz y mi oscuridad y con ambas es como se crea el arte que verdaderamente conecta», asegura.
En el contexto actual de la diáspora, el cine y las herramientas audiovisuales operan como los nuevos territorios de soberanía cultural. Tradicionalmente, muchos artistas migrantes crecieron esperando validación de las estructuras tradicionales: ‘el casting’ correcto, la llamada correcta, el representante correcto.
Pero una parte importante de esta nueva generación ha comenzado a operar bajo otra lógica: si la industria no abre espacio, el mismo se fabrica. Incluso porque dentro de una industria que lentamente intenta ampliar sus representaciones latinas, la experiencia migrante sigue funcionando como una negociación constante entre visibilidad y traducción.
El acento, por ejemplo, puede abrir puertas o cerrarlas. La identidad cultural puede convertirse en ventaja o encasillamiento dependiendo del día, proyecto o del ejecutivo al otro lado de la mesa. Lockhart reconoce esta dualidad del sistema, pero su respuesta no es la queja, sino el rigor técnico y la autogestión.
Ha trabajado exhaustivamente en desarrollar un acento neutro americano para asegurar que el habla no sea un límite, sino una herramienta flexible. No desde la vergüenza hacia sus raíces, sino desde una comprensión pragmática de la industria. El deseo de poder acceder a personajes explícitamente latinos como a roles donde el origen no determine las posibilidades interpretativas.
Sin embargo, existe algo interesante en esa búsqueda de neutralidad: lejos de borrar su identidad dominicana, parece haberla obligado a entenderla mejor. Quizás por eso una parte importante de su trabajo reciente gira precisamente alrededor de la experiencia migratoria.
Actualmente desarrolla su primer largometraje inspirado en la inmigración dominicana y en su propia experiencia atravesando preguntas de pertenencia, memoria e identidad en los Estados Unidos. Sus créditos previos en producciones distribuidas en plataformas como Netflix y Prime Video —películas de Hollywood que, paradójicamente, rodó en la República Dominicana, entre ellas The Killer, dirigida por David Fincher — actúan ahora como la carta de presentación que respalda su inserción en la industria norteamericana.
Esto no es casualidad. La diáspora, en muchos artistas, termina funcionando como una máquina de percepción. Todo parece volverse más visible cuando se está lejos: el idioma, los gestos, la infancia, la comida, incluso la forma en que un país ocupa espacio dentro del cuerpo. Y esa distancia a veces modifica también la manera de actuar. Cuando habla de teatro, Lia regresa constantemente a una idea: presencia. “El aquí y el ahora, la capacidad de vivir cada momento como irrepetible”.
Dicha formación escénica, desarrollada ya durante décadas, parece haberse convertido en una brújula emocional para navegar una industria profundamente inestable. “Uno no sabe qué va a pasar ni a dónde llegará”, dice, “pero si vivo cada etapa estando presente, para mí ya estoy siendo exitosa”. Quizás por eso insiste tanto en la idea de la evolución más que en el triunfo.
Su primer protagónico llegó después de diez años de preparación. Una década completa de entrenamiento, pequeños proyectos, audiciones, mudanzas, esperas y reconstrucciones internas. En una ironía silenciosa, La Vida Chueca, dirigida por Manny Pérez, fue filmada en Santiago de los Caballeros: la misma ciudad desde donde años atrás había partido buscando oportunidades. Y, aun así, cuando habla de ese logro, no lo hace como culminación heroica sino como consecuencia de haber permanecido en movimiento.
“No esperé que nadie me llamara; si nada está pasando, yo misma me pongo a escribir y producir”, dice enfática. En una época obsesionada con la inmediatez, trayectorias como las de Lia resultan particularmente reveladoras, no porque representan el mito romántico del sacrificio recompensado, sino porque evidencian algo menos glamoroso, pero mucho más cierto: la mayoría de las carreras artísticas de la diáspora se construyen en silencio, lejos del centro visible de la industria, sostenidas más por terquedad emocional que por garantías reales.
Quizás por eso, cuando ofrece consejos a jóvenes actores emigrantes, evita cuidadosamente el optimismo vacío. “No esperen a que las oportunidades lleguen; créenlas…Con un celular se puede hacer cine”. Esta postura frente a la creación subvierte la jerarquía tradicional de la industria.
Para la comunidad dominicana en el exterior, la labor de creadores multidisciplinarios como Lia propone una nueva narrativa: la de una generación que utiliza la dramaturgia para reclamar su espacio, que no espera por permiso para contar sus propias historias ni camufla su procedencia para encajar en el molde extranjero. Al integrar el rigor de la interpretación clásica con los formatos contemporáneos de las plataformas digitales, su obra transforma el aislamiento del migrante en un puente de comunicación estética.
Y esa filosofía, practicada por una actriz dominicana que cruzó países, inviernos, burocracias, acentos y pausas identitarias sin abandonar la necesidad de contar historias, termina revelando algo más amplio sobre la diáspora misma: que a veces pertenecer no consiste en encontrar finalmente un lugar fijo, sino en seguir creando incluso mientras uno aprende a habitar la distancia.
No importa el lenguaje artístico en el que se exprese, ya sea a través del lente de una cámara o desde las tablas, Lia Lockhart continúa convirtiendo la distancia, la memoria y el desarraigo en materia narrativa, demostrando que cuando el territorio físico se pierde, el arte termina convirtiéndose en la única patria habitable.






