La UNESCO no oculta su temor de que muchos habitantes en países en desarrollo quizás no tendrían acceso a las vacunas hasta bien entrado el año 2022. (Foto: Fuente externa).

La desinformación o las teorías conspirativas tienen un efecto negativo en parte de la población que hace que desconfíen de las campañas de vacunación esenciales para acabar con la pandemia, según los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades, en Estados Unidos.

Atlanta, Georgia–A medida que las vacunas contra la COVID-19 se generalizan cada vez más, lo mismo sucede con la desinformación, los mitos y las ideas erróneas sobre ellas. Esto es lamentable, porque estas falsedades retrasan la aceptación de las vacunas. La inmunización generalizada es la mejor manera, y la más rápida, de comenzar el retorno a una forma de vida más normal.

A continuación, algunos de los mitos más comunes que han sido refutados por expertos, pero que mucha gente se empecina en seguir alimentando, sin ninguna base científica, y poner en riesgo su propia protección frente a la pandemia.

La vacuna perjudica la fertilidad en los jóvenes
La teoría de que la proteína S del coronavirus afecte la placenta y el embarazo de una mujer, muy extendida, es errónea. Las dos proteínas S son distintas y no hay pruebas de que la vacunación provoque anticuerpos que ataquen a la placenta. Aunque Pfizer, en su ensayo de la vacuna, intentó excluir a las mujeres embarazadas, en este participaron 23 mujeres en estado, ya que es probable que quedaron embarazadas poco después de la vacunación.

Durante los ensayos se observaron dos eventos adversos: un aborto espontáneo y la retención de restos de la concepción (tejido de la placenta o del feto que se queda en el útero, a menudo después de un aborto espontáneo); ambos se produjeron en el grupo del placebo. Anthony Fauci, principal asesor médico del presidente Biden para la pandemia, aclaró el miércoles que más de 10.000 embarazadas se han vacunado “sin ningún contratiempo hasta ahora”.

Una vez vacunados, se puede volver a la vida normal, anterior a la pandemia
Por desgracia, esto no es cierto. Las vacunas que han sido aprobadas han demostrado que previenen la enfermedad sintomática, así como los desenlaces negativos, como las hospitalizaciones o la muerte. Pero aún no sabemos si previenen las infecciones asintomáticas. Existe la posibilidad de que las personas vacunadas sigan infectándose, no sean conscientes de ello y transmitan el coronavirus a otras personas.

Se desconoce si esta posibilidad es real o no; las noticias que llegan de otros países parecen prometedoras. Sin embargo, para tener mayor certeza, hay que seguir usando mascarillas o cubrebocas, cumplir con el distanciamiento social y cuidarse, aunque se esté vacunado.

Cuando se logre la inmunidad de rebaño, todo esto se terminará
La inmunidad de rebaño o grupal hace referencia a una situación en la que existe suficiente protección en una comunidad como para que el crecimiento exponencial de las infecciones sea poco probable, si no imposible. Por lo general, este concepto aplica cuando el número de contagios es muy bajo, como sucede con el sarampión. La inmunidad de rebaño protegerá a todos de un gran número de casos de COVID-19 solo cuando se haya frenado y eliminado la enfermedad.
Sin embargo, en Estados Unidos el coronavirus sigue teniendo una enorme prevalencia y las nuevas variantes pueden ser incluso más contagiosas.

A medida que las comunidades alcancen la inmunidad de rebaño, verán una disminución gradual de la COVID-19. La pandemia no desaparecerá de la noche a la mañana. La inmunidad colectiva señalará el principio del fin de la pandemia, no el día en que acabemos con ella.

Los efectos colaterales de esta vacuna son mucho más graves que los de las vacunas para otras enfermedades
Las reacciones alérgicas no son una razón para evitar la vacunación. Muy pocas personas a las que se les ha administrado la vacuna han experimentado anafilaxia, una reacción alérgica grave. Entre los síntomas más frecuentes están el malestar, los escalofríos, el dolor y la fiebre, pero, en general, esos síntomas no son preocupantes: suelen ser señales de que nuestro sistema inmunitario está funcionando. Los casos más graves, como las muertes en pacientes frágiles y en edad avanzada, tienen que investigarse, pero es muy posible que se trate de una coincidencia y no sea inesperado en esa población.

En los estudios sobre la vacuna contra la COVID-19, parece ser que se han dado casos de parálisis de Bell con mayor frecuencia en personas que recibieron la vacuna que en las que recibieron el placebo (la parálisis de Bell es un debilitamiento temporal o una parálisis leve que por lo general afecta un lado del rostro).

Sin embargo, es importante observar que, entre la población en general, la parálisis de Bell aparece en entre 15 y 20 personas de cada 100.000 al año. Además, debido a la importante inversión pública y a un mercado mundial garantizado, muchas empresas destinaron de inmediato una gran cantidad de recursos a esta tarea.

Para ser aprobadas por la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por su sigla en inglés) de Estados Unidos, las vacunas deben superar tres fases de estudio. La primera es pequeña (tal vez incluya a decenas de personas) y se centra en la inocuidad.

La segunda es más extensa (puede que participen cientos de personas), incluye a personas con riesgos conocidos de padecer la enfermedad y se centra en la inocuidad y en si hay algún tipo de respuesta biológica (en específico, la producción de anticuerpos).

La tercera fase consiste en ensayos controlados aleatorios con una muestra de gran tamaño (miles o decenas de miles de personas) que se centran en la eficacia (es decir, en la prevención de la enfermedad) y en los efectos secundarios. En el caso de las vacunas contra la COVID-19, el proceso fue muy acelerado, pero todas estas fases se completaron y fueron revisadas por la FDA. 4.000 personas en el ensayo de Pfizer desarrollaron parálisis de Bell.

La COVID-19 es menos peligrosa que la vacuna
La gente escucha sobre los riesgos de presentar efectos secundarios y concluye que es mejor no vacunarse. Están comparando esos riesgos con una salud perfecta en lugar de con el riesgo mismo de padecer COVID-19. Sin embargo, suponiendo que no hay una garantía de estar perfectamente sano: la COVID-19 es prevalente y peligrosa.

Una vacuna que ‘solo’ es 70 por ciento efectiva no vale la pena
Como sucede con tantas cosas en materia de salud pública, no hay que dejar que lo perfecto sea enemigo de lo bueno. Está muy bien que en los ensayos de las vacunas de Moderna y Pfizer se haya visto una eficacia del 95 por ciento contra la enfermedad sintomática, pero ese nivel de eficacia no es necesario. En los ensayos, la vacuna contra la poliomielitis de Jonas Salk tuvo una eficacia del 80 al 90 por ciento y cambió el mundo.

Esta es una versión del problema de percepción al que se enfrenta cada año la vacuna de la influenza. La gente se niega a ponérsela porque no es “suficientemente buena”. No tienen en cuenta que es “buena”. Cuanta más gente se vacune, más se evita la morbilidad y la letalidad. La mejor vacuna contra la COVID-19 es la que puedas ponerse lo antes posible.