Y es que de la legítima reivindicación de la verdad histórica, los intereses momentáneos de la política han pasado a pisotear la verdad para hacer un arma electoral. O económica, en el caso del “me too”. (Imagen; Fuente externa).

Piensan que el no querer mantener el esfuerzo cuando se han alcanzado niveles socio-económicos que permiten vivir de la sopa boba a la plebe –y de papá o del sistema a los relativamente acomodados–, sólo tiene una lógica: el pánico al trabajo y a la disciplina.

Washington, Diana Negre*
“Que se joda la escuela, que se joda el equipo, que se jodan las animadoras y que se jodan todos” escribió Brandi Levy hace cuatro años en la red social “Snapchat”, como reacción a la negativa de la escuela para integrarla como animadora en sus competiciones deportivas.

Cuatro años más tarde, después de múltiples sentencias e instancias para apelar a la decisión de la escuela de castigarla, el Tribunal Supremo de Estados Unidos finalmente ha intervenido para zanjar un caso que a muchos les pareció y les parece aún una tempestad en un vaso de agua.

Porque Brandi era una estudiante de 14 años que formaba parte del equipo de animadoras de su escuela, pero quería además a ser animadora en un equipo universitario y no tuvo el apoyo de la escuela.

La joven reaccionó con unas palabras tan vulgares y comunes en Estados Unidos como en nuestro país, pero que en aquellos días hizo rasgar las vestiduras a los responsables escolares quienes, a pesar de que el comentario de Brandi tan solo estuvo por un breve tiempo en la red social y que estos comentarios no se produjeron en la escuela, decidieron expulsarla del equipo de animadores escolares.

Todo el mundo quiere tener más dinero (sin trabajar, claro), pero cada vez son menos los que quieren saber más, ser mejores, más elegantes o bien hablados.

En estos últimos cuatro años, escuela y estudiante se enfrascaron en denuncias mutuas y el caso fue escalando hasta llegar al Supremo, donde muchos creían que la mayoría conservadora actual (6 magistrados conservadores y tan solo 3 progresistas) daría la razón a la escuela reconociendo que el lenguaje de la estudiante era inaceptable.

Pero no fue así: tan solo uno de los jueces, Clarence Thomas, ratificó el castigo de la estudiante, en tanto que los otros 8 se decantaron por la libertad de expresión, plasmada en la primera enmienda de la Constitución norteamericana, que les pareció más importante que la disciplina escolar.

La cuestión está zanjada para las partes contendientes, pero se añade a la lista de quejas de amplios sectores del país que ven esta mini-crisis como un símbolo de los tiempos que atravesamos.

Estos sectores consideran que la Humanidad progresó ante todo a base de esfuerzo y ambición y les parece evidente que el mundo – sobre todo, el del bienestar – repudia hoy en día el esfuerzo con saña, rencor y estupidez.

Piensan que el no querer mantener el esfuerzo cuando se han alcanzado niveles socio-económicos que permiten vivir de la sopa boba a la plebe –y de papá o del sistema a los relativamente acomodados–, sólo tiene una lógica: el pánico al trabajo y a la disciplina.
La realidad les da la razón en muchos casos y, desde la Antigüedad hasta el siglo pasado, no faltan antecedentes históricos a esta lacra social, aunque en la versión actual lo que es nuevo es su difusión a lo largo y ancho del globo terrestre.

Y lo cierto, y es algo que les alarma, es que sociedades tan dispares en sus estructuras y filosofía política como los EE.UU., casi toda Europa, África subsahariana y parte del Oriente Medio registren el mismo malaje.

Malaje o enfermedad terminal. Porque ya el análisis más elemental del fenómeno revela que el motor de esta decadencia es el rechazo al esfuerzo… empezando por la disciplina.

Ejemplos de esta indisciplina sería, en nuestro idioma, el cerril repudio de una elaborada y refinada gramática que, por simplificar, impone el género masculino a las generalizaciones. “Los” españoles, “el” ganado bovino, “los” géneros, “los” imbéciles, etc. no son perversas discriminaciones contra las españolas, las vacas, el género femenino o las tontas de remate – respectivamente –, sino una practiquísima convención para ahorrar tiempo. Y la convención no es una contraseña clasista o racista; se enseña de balde en las escuelas primarias de todo el mundo de lenguas flexibles.

Así que no es que no se sepa hablar; es que no se quiere saber. Hablar de ciudadanos y ciudadanas es una rebeldía de pacotilla que hace malgastar saliva y perder tiempo. Pero es también una forma subliminal de mandar al cuerno las reglas del hablar y pensar así como las convenciones establecidas…o una sumisión a la corrección política del momento.

Es decir que los impotentes, los no pensantes y los cobardes pisotean la gramática porque es una rebelión impune (nadie ha sido llevado aún ante los tribunales por hablar como un patán) y que le libera al inculto y gandul hasta del ínfimo esfuerzo de hablar “como se debe”.

Si se contempla esta rebeldía asesina del idioma en un contexto social más amplio aparece siempre como denominador común el pánico al esfuerzo. O la confesión tácita de la impotencia. Ya a mediados del siglo pasado despuntaron brotes tímidos de indisciplina social de este tipo: vestir como un payaso o beber refrescos directamente de las botellas constituían infracciones de las normas sociales que se cometían casi como actos contestatarios.

Esa “rebeldía decadente” se hizo cada día mayor y los ejemplos se multiplican al infinito, pero es obligado mentar la variante política – y por tanto, mucho más corrosiva que la mera decadencia moral – de esta rebeldía social: la llamada “memoria histórica” y de su variante sexual del “me too” (“yo también”).

Y es que de la legítima reivindicación de la verdad histórica, los intereses momentáneos de la política han pasado a pisotear la verdad para hacer un arma electoral. O económica, en el caso del “me too”.

Está de más decir que cuanto más reciente es la guerra o la guerra civil relatada, o cualquier evento histórico, más aberrante es el relato. Si no hubieran otras fuentes – ni tampoco una migaja de sentido común – el lector u oyente de las historia de estos episodios acabaría creyendo que todas las guerras, guerrillas y rebeliones de la Tierra las han hecho los arcángeles ganadores contra los derrotados demonios del Averno. O, pasando al “me too”, todas la Caperucitas Rojas del mundo son unas amnésicas de campeonato que solo recuperan la memoria de sus desfloraciones por lobos – eso sí, todos multimillonarios y famosos – al cabo de decenas de años…

Quienes lamentan esta situación han de recordar que no es un fenómeno nuevo, aunque hoy en día sea más masivo porque el mundo es más denso. Pero la razón de alarma actual se debe a que este rechazo al esfuerzo coincide en grandes sectores de la sociedad blanca con la desaparición de las ganas de superación.

Todo el mundo quiere tener más dinero (sin trabajar, claro), pero cada vez son menos los que quieren saber más, ser mejores, más elegantes o bien hablados.

Así, mientras las corrientes de la pereza disfrutan a sus anchas, otros ven un panorama desolador y el contraste entre ambas visiones vuelve a reflejarse en los enfrentamientos políticos y en las posiciones radicales.

Ejemplos de este radicalismo no faltan y en Estados Unidos son evidentes en la política de todos los días. Así, por ejemplo, un congresista demócrata del estado de Rhode Island, el menor en superficie del país, se vio acosado al anclar su yate en el club marítimo de Newport, de socios mayormente blancos. Se le calificó de racista por no irse con su yate a otra parte… a pesar de que en realidad no todos los socios sean blancos.

Pero cuesta mucho menos remitirse a los slogans que investigar los hechos…como es más fácil ser un équido de la manada decadente y rebuznar como los asnos y las asnas…

*Diana Negre, periodista, escritora, editora, veterana excorresponsal en la Casa Blanca de múltiples medios en Europa y América Latina.