El frayle y misionero español, Fray Antón de Montesinos, dejó una lección en la historia.

Durante muchos años mantuve esta columna en prestigiosos medios de la República Dominicana, quieriendo ser un agente multiplicador de conceptos para la mejoría de la calidad de vida en el marco de lo que debe ser una buena sociedad.

Nuevamente, retomo desde hoy este rol en el ejercicio periodístico que por años, ha sido la motivación en mi vida profesional, esperanzada en que mis aportes puedan, sino eliminar, al menos a dar a conocer, algunos de los males sociales que no solo afectan a la sociedad dominicana en general, sino además a gran parte de América Latina, en su camino para el pleno desarrollo sostenible y verdadera transformación, que la convierta a su vez en un eje de atención importante de parte de diferentes estructuras mundiales.

Se preguntarán el ¿por qué del peculiar nombre?, sencillo. Ha sido una deuda social acumulada en los países de América Latina y El Caribe, desoir reclamos válidos de una sociedad que hoy día, se vuelve más exigente en cuanto a temas vitales como son, educación, salud, economía y otros que son peldaños del sano crecimiento de la vida misma.

En este orden, muchos de nosotros, hemos clamado por cese de injusticias, mejor calidad de vida, cese de impunidad, ´verdaderas políticas anticorrupción para los países de las Américas y otros temas relevantes, sin que en la mayoría de los casos, nuestras autoridades presten la atención que corresponde, según sea el orden.

Es así como me convierto en la Voz que cual Fray Antón de Montesinos en su rememorable e histórico Sermón de Adviento, clama una vez en el desierto.

Eso sí, esperanzada en que aquel viejo refrán popular y muy conocido en nuestros países de habla hispana, que sostiene con vehemencia que «no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista.»

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